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Terra
La Coctelera

la calle

LA CALLE

Arteria vital del ser humano. Lugar de encuentro y desencuentro. Donde se produce el silencio de la multitud. Donde la risa, los gritos y los llantos son nada mas que expresiones de esa savia que circula por ellas.

Silencio a gritos. Silencio a voces. Silencio en mil conversaciones. Silencio cuando todos hablan. El silencio de la calle. Donde miles de personas transitan sin conocerse, sin ni siquiera mirarse. Donde solo el taconeo, sobre las baldosas de las aceras, indica que hay algo vivo en ella.

Crisol de colores. Crisol de razas. Donde se mezclan los sentimientos más profundos. Los odios más virulentos. Los amores más profundos. Crisol donde el ser humano se mezcla con otros seres humanos desconocidos, indiferentes. Donde el sonido de una guitarra, la música de un acordeón lastimero, se oye ofreciendo su música por unas monedas.

La calle, universidad donde el ser humano aprende, para bien o para mal, a vivir y quizás también a morir. El sonido de los cláxones de los vehículos, el chirriar de frenos donde se ve la transformación del hombre cuando entra en esas máquinas. Donde deja de ser para ser otra cosa.

La calle, lugar de encuentro para el amor y para el desamor, para la risa y para el llanto. La calle, arteria vital para los hombres. Pasos rápidos. Mentes distraídas. Caminar a veces sin sentido, desconociendo a quien camina a su lado. Sin ver mas allá de que sus ojos quieren ver.

La calle un mundo impersonal e impenetrable. Una selva moderna. Donde nada es respetado si no se respeta primero él. El ir y venir de los hombres mujeres y niños. El andar por andar. El caminar sin rumbo. Solo sujetos a la esclavitud del reloj. Instrumento inventado por el hombre pero del que se ha convertido en esclavo. Sus pasos se mueven al compás de las manillas de ese infernal aparato. Que ordena y manda. Que prohibe y que permite. Que vigila y que sujeta.

La calle, lugar donde los niños juegan. Y se hacen hombres. Donde los hombres, ya viejos, descansan a la sombra y se hacen niños. Niños y hombres, dos estados indisolubles. Dos estados inconformes siempre. Cada uno por su estado. El niño quiere ser hombre porque no se da cuenta de que es niño. El hombre cuando es viejo quiere ser niño porque no se da cuenta de que nunca dejo de ser niño.

Y la marea humana avanza. Y los tacones sobre las aceras repiquetean. Tic, Tac, Tic, tac. Se creen libres, pero no lo son. Son esclavos de si mismos. De su prisa. Del reloj.

Y en la calle la multitud anda y anda y anda. ¿Pero realmente sabe a donde va?.

(ARCADIO DOMINGO ARRIBAS – 2006)

la calle

LA CALLE

Arteria vital del ser humano. Lugar de encuentro y desencuentro. Donde se produce el silencio de la multitud. Donde la risa, los gritos y los llantos son nada mas que expresiones de esa savia que circula por ellas.

Silencio a gritos. Silencio a voces. Silencio en mil conversaciones. Silencio cuando todos hablan. El silencio de la calle. Donde miles de personas transitan sin conocerse, sin ni siquiera mirarse. Donde solo el taconeo, sobre las baldosas de las aceras, indica que hay algo vivo en ella.

Crisol de colores. Crisol de razas. Donde se mezclan los sentimientos más profundos. Los odios más virulentos. Los amores más profundos. Crisol donde el ser humano se mezcla con otros seres humanos desconocidos, indiferentes. Donde el sonido de una guitarra, la música de un acordeón lastimero, se oye ofreciendo su música por unas monedas.

La calle, universidad donde el ser humano aprende, para bien o para mal, a vivir y quizás también a morir. El sonido de los cláxones de los vehículos, el chirriar de frenos donde se ve la transformación del hombre cuando entra en esas máquinas. Donde deja de ser para ser otra cosa.

La calle, lugar de encuentro para el amor y para el desamor, para la risa y para el llanto. La calle, arteria vital para los hombres. Pasos rápidos. Mentes distraídas. Caminar a veces sin sentido, desconociendo a quien camina a su lado. Sin ver mas allá de que sus ojos quieren ver.

La calle un mundo impersonal e impenetrable. Una selva moderna. Donde nada es respetado si no se respeta primero él. El ir y venir de los hombres mujeres y niños. El andar por andar. El caminar sin rumbo. Solo sujetos a la esclavitud del reloj. Instrumento inventado por el hombre pero del que se ha convertido en esclavo. Sus pasos se mueven al compás de las manillas de ese infernal aparato. Que ordena y manda. Que prohibe y que permite. Que vigila y que sujeta.

La calle, lugar donde los niños juegan. Y se hacen hombres. Donde los hombres, ya viejos, descansan a la sombra y se hacen niños. Niños y hombres, dos estados indisolubles. Dos estados inconformes siempre. Cada uno por su estado. El niño quiere ser hombre porque no se da cuenta de que es niño. El hombre cuando es viejo quiere ser niño porque no se da cuenta de que nunca dejo de ser niño.

Y la marea humana avanza. Y los tacones sobre las aceras repiquetean. Tic, Tac, Tic, tac. Se creen libres, pero no lo son. Son esclavos de si mismos. De su prisa. Del reloj.

Y en la calle la multitud anda y anda y anda. ¿Pero realmente sabe a donde va?.

(ARCADIO DOMINGO ARRIBAS – 2006)

el precio de la felicidad

EL PRECIO DE LA FELICIDAD


n una cocina pequeña y humilde, de un pequeño pueblo, un niño de apenas cuatro años se hallaba sentado en una silla al lado de una lumbre baja, unos trébedes sujetaban un puchero donde se calentaba el agua. El niño con un pequeño palo en la mano removía la ceniza entre las que unas patatas se estaban asando. Un gato friolero se le había acercado poniéndosele entre las piernas y tumbándose al calorcillo. El niño estaba escuchando una conversación entre tres personas, que estaban en la cocina alrededor de una mesa, eran sus abuelos y su madre. Los abuelos eran personas ya mayores, su madre una mujer joven, el niño no entendía la conversación aunque había palabras por las que sintió curiosidad como la felicidad, que su madre repetía una y otra vez. Les decía a los abuelos que tenia derecho a ser feliz, que no quería enterrarse en el pueblo, que buscaría la felicidad, que no hacia daño a nadie. El niño evidentemente no entendía el fondo de la conversación, pero se le quedo marcada la palabra felicidad. ¿Qué seria la felicidad? - se preguntaba el niño, dio vueltas a la cabeza y lo dejó.

Una bocina sonó en la calle, su madre se levanto beso a los abuelos y le beso a él cogiéndole la cara con las manos le dijo:

-algún día lo entenderás- se iba a marchar cuando el abuelo le pregunto –¿y el niño, has pensado en el niño? – si padre, se queda con ustedes, yo me lo llevare a pasar temporadas conmigo, pero se queda con ustedes- eso es lo único que había entendido el niño, que su madre se iba y eso no le gusto. Se iba a buscar esa felicidad que decía, entonces el niño se acordó de lo que mas de una vez le habían dicho, que su padre estaba en el cielo, que se había ido cuando el tenia unos meses y entonces acordándose se pregunto si su madre también se iría al cielo a buscar la felicidad. Su madre empezó a andar por el pasillo hacia la puerta, los zapatos de tacón alto y fino repiquetearon sobre las baldosas, abrió la puerta de la calle y salió. Los abuelos y él salieron detrás de ella, vio un coche negro parado en la puerta que la esperaba, su madre subió a el y se sentó al lado de un hombre que el niño no conoció, pues este ni los había mirado. El coche empezó a andar despacio y se perdió por la primera esquina camino de la carretera. Los abuelos entraron en la casa pero el niño se quedo un rato en la puerta, dos lagrimas brotaron de sus ojos. Al final le hicieron entrar en casa. Y paso el tiempo. El niño no hacia mas que preguntar por su madre y la abuela le decía que vendría pronto para nochebuena, y el tiempo paso. Una mañana cuando el niño se levanto, le dijo la abuela que era nochebuena, el niño quiso salir a la calle pero estaba nevando y la abuela no quería que saliese, pero al fin, le puso un abrigo y una bufanda que le tapaba hasta los ojos y le dejo marchar. Llego la hora de comer y el niño no aparecía fueron a buscarle a la plaza pensando que estaría allí jugando con los demás niños, pero no estaba. Una niña de unos diez años les dijo que le había visto por la carretera, pero que cuando le pregunto a donde iba no la contesto. Los abuelos se echaron a andar por la carretera. A lo lejos, en la llanura ya blanca, se levantaban unas cuantas rocas y creyeron ver que algo se movía entre ellas, apretaron el paso y sobre una de ellas estaba el niño con las manos en el bolsillo del abrigo, y la bufanda hasta los ojos, quieto como halcón en su posadero, mirando al fondo del horizonte donde se perdía la carretera, los abuelos se le acercaron, el abuelo le cogió en brazos y le pregunto:

-¿qué haces aquí?

-estoy esperando el coche negro

los abuelos se miraron entre ellos.

-no vendrá- le dijeron, el niño quiso resistirse a irse de allí pero al fin le llevaron a casa. Y ella no vino, fue su primera Navidad sin ella. Paso el tiempo y al año siguiente el niño se marcho a las rocas el día de nochebuena pero esta vez los abuelos sabían donde encontrarle, esta vez la nevada había sido mas fuerte, los tejados, calles y el campo tenia un espeso manto blanco. Esta vez el abuelo fue solo a por él, el niño tenia un año mas pero la esperanza era la misma, el abuelo le cogió de la mano para llevársele a casa:

-vamos hijo, es inútil, no vendrá.

El abuelo tiraba de el mientras sus pies se hundían en la nieve y el niño empezó a llorar con fuerza, las lagrimas caían en la nieve perdiéndose entre ella. Fue la ultima vez que el niño salió a las rocas, al año siguiente ya no la esperaba. Habían pasado ya tres años sin ella, hacia febrero de ese tercer año, un día, estando el distraído dentro de casa, su abuela abrió la puerta de la calle y desde allí le grito al niño:

-¡mira quien ha venido, mira quien ha venido!.

El niño desde el fondo de la cocina miro hacia la puerta, en ella se recortaba una mujer joven y muy guapa, el niño se quedo mirándola, dio tres o cuatro pasos hacia ella y se paro, dos sentimientos luchaban dentro de él, uno que le hacia correr hacia ella y otro que le paraba los pies, dudo un momento, la mujer iba cargada con paquetes, al final el niño corrió hacia ella y se apretó fuertemente contra su vientre, quizás inconscientemente con el deseo de volver a formar parte de esa mujer, para no ser separado otra vez. Al final la mujer se pudo soltar del abrazo del niño, le enseño los juguetes que traía, eran los reyes que le habían dejado a ella para él: un rompecabezas, un parchís, unos soldados de plomo y un coche de hojalata pintado de rojo. Pero el niño ni los miro, se abrazaba a las piernas de la madre. La tarde paso hablando con los abuelos hasta que se fueron a acostar, entonces el niño con inocencia le pregunto:

-¿has encontrado la felicidad?

-si, hijo si, la he encontrado

-¿y que es la felicidad?

La mujer le miro- como te lo explico eres muy pequeño, ¿tu te acuerdas de los campos en primavera cuando no llueve? Las plantitas se agostan y se secan pero cuando viene el agua, cuando la lluvia cae, todo renace de nuevo y el campo se pone verde.

-si mama eso lo he visto.

-pues algo así es la felicidad

siguieron hablando hasta que el niño se quedo dormido.

A la mañana siguiente sintió unos labios que le rozaban la frente, se despertó, vio que se cerraba la puerta detrás de su madre, arreglada y cuyos tacones sonaron en las baldosas, abriendo la puerta y saliendo. El niño se tiro de la cama, descalzo y medio desnudo, echó a correr hacia la calle. Su madre se perdía por la esquina, quiso correr detrás de ella pero la abuela le cogió en brazos sujetándole fuerte, el niño chillo con fuerza llamando a su madre. Por fin pudo soltarse de los brazos de su abuela y pudo correr detrás de ella, llego a la parada del coche de línea, pero solo llegó a ver como se perdía por la carretera, el niño se quedo mirándolo descalzo y medio desnudo, era las siete de la mañana de un día de febrero. Llegaron los abuelos corriendo, sofocados y estos se le acercaron.

-volverá pronto- le decían.

El niño de siete años, miró a los abuelos y con los ojos secos pues ya no le corría ni una lagrima, les dijo:

-no me engañéis, ella no volverá

-pero ¿quien te ha dicho eso?

-yo que lo se

y ese niño se dio cuenta en ese momento, que se estaba haciendo un hombre en el cuerpo de un niño, ya no volvió a llorar, ni volvió a esperarla. Y pasaron los días, los meses y los años y se volvieron a encontrar, era una habitación de hospital, ella se moría y lo sabia y le dijo:

-cógeme la mano hijo, que tengo mucho miedo.

El niño la cogió la mano entre las suyas y apretándole fuertemente la dijo:

-no tengas miedo mama, siempre estarás con tu hijo- y mientras le apretaba fuertemente la mano ese niño murió con ella.

ARCADIO DOMINGO ARRIBAS

tres de la madrugada

TRES DE LA MADRUGADA

l pasillo era largo y frío, el hospital estaba en silencio, una camilla avanzaba por el, sobre ella, un hombre de unos noventa y cinco años, cara morena y arrugada el poco pelo que tenia era blanco como la nieve, unos ojos hundidos y cuyos párpados se le cerraban cansados quizás de ver tantas cosas. El hombre respiraba entrecortadamente y con dificultad. La camilla seguía avanzando lentamente, el celador aun así tenia que parar de vez en cuando porque una anciana de ochenta y muchos años se quedaba atrás, encorvada con una cayada de madera amarillenta y con tantos años como ella. El celador veía en esa mujer toda una vida de sacrificios retratados en su cara. La mujer en una de esas paradas le agradeció al celador que había parado, se acerco al anciano y pasándole una mano por el poco pelo con cariño le beso en ambas mejillas, luego miro al celador y como queriendo justificarse le dijo:

- es mi marido, llevamos mas de sesenta años casado, si me faltara.....

el celador se conmovió:

- todavía tienen que dar mucha guerra juntos- la dijo. La mujer con un gesto se llevo las manos a los ojos y miro para otro lado como si no quisiera que el celador viera dos lagrimas furtivas. La cara de la mujer, arrugada con arrugas profundas como barrancos, quizá hechos por tantas lagrimas vertidas, esos ojos pequeños y hundidos que habrían visto tanto, que habrían llorado tanto, esa frente arrugada, ese pelo blanco recogido en un moño con coquetería.

Las bombillas pasaban encima de ellos a medida que avanzaban como si fueran mojones kilométricos, el pasillo era largo, el celador la hizo una pregunta a la mujer:

-¿pero no tiene usted a nadie que la acompañe en estos momentos?- la mujer se paso la cachaba de una mano a la otra y poniéndole la mano en el hombro al celador le dijo:

- ocho hijos tuve- contesto con una sonrisa amarga que dejaba entrever un hueco donde ya no quedaban dientes- ¡hay hijuco, hijuco!- mientras hacia un gesto con la mano con el dedo índice y el pulgar frotándolos entre si – los hijos para el dinero nada mas- y volvió a sonreír con amargura – están muy ocupados.

Al celador se le puso la carne de gallina, era un hombre, ya no era un chiquillo inocente, sabia que eso ocurría pero dicho por esa mujer anciana que apenas podía seguir el paso, esa mujer que junto a su marido estaban en el ultimo tramo de su vida. Al celador la frase se le quedo marcada, el que en el hospital había visto tantas cosas, tantas miserias humanas y tantas lagrimas. Quiso apretar el paso salir corriendo, ¿seria posible que los seres humanos fuéramos tan ingratos? Evidentemente si.

Y las luces se iban acercando y luego quedándose atrás, y el pasillo se hizo si cabe mas largo y mas frío.

FIN

ARCADIO DOMINGO ARRIBAS

LAS TALANQUERAS

LAS TALANQUERAS

El sol en lo alto alumbrando el campo charro
abajo los toros en la dehesa dormitando
de pronto una sombra las talanqueras ha saltado
es un joven maletilla de ilusiones cargado.

Se juega la vida por torear un toro bravo
su cuerpo enjuto pero con un corazón agrandado
en lo alto la luna lo esta mirando
sabe que en las astas del toro lleva su nombre grabado.

El chavalillo sin miedo a la muerte con ella esta jugando
¡Eh toro! ¡Toro! Le llama
el toro se arranca con el destino del joven gravado
en lo alto las estrellas son como millones de aficionados

Jalean al torerillo que con la muerte esta jugando
de pronto el toro los pies le ha levantado
y en las astas el chaval esta agonizando
la luna en lo alto del campo charro

Abajo los toros siguen dormitando
en el suelo el chavalillo agoniza mirando al cielo
y pensando que le han visto
tantos millones de aficionados.

EL ALBERO

EL ALBERO

El sol calienta la plaza
Esta llena hasta los topes y ya no coge mas nadie
Huele a sudor y a tabaco a claveles y a romero
Pero también a sangre.

Y allá abajo, el albero, arena de oro por el sol abrasado.
Son las cinco en punto de la tarde
Suenan clarines y timbales y el portón se abre
Los toreros salen a la plaza, la gente chilla, grita, aplaude.

Se presienten faenas grandes
Los toreros, hombres con trajes brillantes
Hombres que viven para esta tarde
Con sus trajes de oro y plata con todos sus alamares.

Son figuras del toreo, son toreros grandes.
El paseíllo ha terminado, la formación se descompone
Cada torero, cada hombre, esconde su miedo
Tras una sonrisa agradable.

Y vuelven a sonar los clarines y vuelven a sonar los timbales
Y el torero, ese hombre con paso elegante
Se dirige hacia la puerta
Por donde la muerte sale.

Se planta de hinojos y la puerta se abre
Y sale la muerte negra como la noche, con dos pitones muy grandes
Y el torero la llama.
“que distancia tan corta, que tiempo tan largo”

el toro viene con fuerza, le quiebra y pasa a su lado
esta vez la muerte le ha respetado
se ciñe con verónicas de trazo muy largo
las manos bajas para humillarlo

la gente grita, aplaude, la afición se ha caldeado
el torero esta triunfando
pero de pronto un grito por miles de bocas lanzado
atrona el aire de la plaza

el torero del suelo es levantado, es lanzado al aire como un muñeco de trapo
en el suelo el torero, el hombre esta agonizando
su traje de luces con lamparones de sangre se esta manchando
la muerte al fin su presa se ha cobrado

el cuerpo inerte del hombre, del torero es retirado
y un reguero de sangre el albero esta manchando
y otro torero sale
otro hombre a jugarse la vida

porque es su destino, porque así esta mandado
porque para ser figura del toreo con la muerte han de estar jugando
el sol calienta la plaza
son las cinco y pico de la tarde.

LA FIESTA

LA FIESTA

Ya esta Castilla en fiestas,
Son las fiestas del verano,
Ya esta el sol quemando fuerte,
Calentando las calles, las plazas y los tejados.
Ya estallan los cohetes halla en lo alto
Ya se oyen las primeras dianas
Ya la gente se ha levantado
Ya esta la calle cantando
Ya se oye las charangas
El jolgorio ha comenzado.

Castilla esta en fiestas
son las fiestas del verano
el sol calienta con fuerza
las calles ,las plaza y los tejados.
Las calles se llenan de gente
Ya vienen por ahí cantando
Se oye el tamboril y la gaita
Y una jota que están cantando
Y los cohetes siguen estallando en lo alto.
Las calles se están cerrando
El encierro va ha comenzar
Esta nervioso el ganado
Los mozos se están preparando
Se tienen que atar bien los machos
Pues en estos pueblos es muy duro el ganado.
Por fin, un cohete mas fuerte, en el cielo ha estallado.
Los nervios se alborotan,
Los jóvenes están asustados.
Pero el encierro comienza
Es el encierro como todos los años.
El sol calienta con fuerza,
En las calles, la plazas y los tejados
Ya están los toros en las calles
Ya esta corriendo el ganado,
Los mozos delante de ellos,
Con un valor muy temerario
Arriesga también su vida
Por algo que nadie sabe explicarlo
Y así, un año y otro año.

Son las fiestas de Castilla
Son las fiestas del verano.
Ya hay los primeros heridos,
Su sangre el suelo ha regado
Pero el encierro continua hasta que entre el ganado.
Hay escenas de gran valor
Cuando un mozo por otro la vida se ha jugado.
Porque estas fiestas son duras
Hay que haberlas mamado.
Ya los toros están encerrados
El encierro ha terminado.
Ahora la plaza esta llena, llena de gente bailando.
La alegría se desborda,
La alegría de un pueblo honrado.
La alegría de esta gente que ha esperado todo un año.
Y la fiesta continua
Y la música seguirá sonando
Y los cohetes estallando, allá arriba, allá en lo alto.
Y por la tarde la gente se apelotonara
Para ver los cortes ha ese ganado.
Los mozos volverán a arriesgar la vida
Por esa afición que nadie ha sabido explicarlo.
Y empieza los cortes, los quiebros y los alardes.
Porque los jóvenes con los toros están jugando,
Y hay cogidas y hay sangre.
Pero la fiesta continua, porque aquí no se raja nadie.

El sol esta pegando fuerte,
En las calles, las plazas y los tejados.
Son las fiesta de Castilla,
Son las fiestas del verano.

¿OLVIDARTE? JAMAS

¿OLVIDARTE? JAMAS

¿Qué tienes Castilla?
Que ni aun muerto
Podrán arrancarte de mi alma
¿Cuál es tu alma?
Si no mi alma
¿Cuál es tu voz?
Si no mi voz

Es como un veneno
Que se te mete en el alma
Y aun que quisieras luchar
Luchar por arrancarla
Las tienes tan dentro de ti
Que no eres capaz de sacarla.

Y si de ella te alejas
Creyéndola olvidada
Veras que es imposible
Imposible olvidarla.

Como voy a olvidar
Esos campos de escarcha
O ese manto de nieve
O ese verde esmeralda
O esos trigos dorados
Esa tierra quemada
El azul de su cielo
Imposible el olvidarla.

La alegría de esos pueblos en fiestas
Esa alegría sana
O esa tristeza que tienen
Cuando los cubre las nevadas

O esa humilde ermita
O ese castillo altanero
Los grandes pinares
O los pequeños cerros
El piar de la perdiz
O el canto del jilguero
El balar de las ovejas
El sonido del viento.

El ver a un labrador arar
El oírle cantar
El respetar su silencio
El ver jugar al frontón
A los mozos en el pueblo

¿Cómo poder olvidar todo eso?
Y es que además no quiero
Quizás torpe yo sea, lo admito,
Pero no necio
Que yo nací castellano
Y de castellanos viejos
Que no desprecio a ninguna región
Ni admito el desprecio
Que yo castellano soy
Y a honra y gala lo tengo.

Y si algún día tengo un mal pensamiento
Y de mi tierra me aparta
Un mal viento;
Que dios me de su castigo
Pues otra cosa no merezco.

Si el día en que yo muera
De esta tierra estoy yo lejos
Que me lleven a ella
Y me entierre en su seno
Para que mi cuerpo
Sea semilla
De amapolas de los cerros.
SANTANDER a 3 de julio de 1976
ARCADIO DOMINGO ARRIBAS